El llamamiento al Ministerio

El llamado de Dios: Conoce la voluntad de Dios para tu vida

El ministerio en realidad es una mezcla del propósito y llamado de Dios con nuestra respuesta y obediencia. El entendimiento de esto (de la soberanía de Dios y el libre albedrío) nos permite ser más eficaces en lo que El nos ha llamado a ser y a hacer.

Juan 1:6 “Vino un hombre llamado Juan. Dios lo envió” (NVI) Este versículo peculiar se refiere a Juan el Bautista: “Vino un hombre… Dios lo envió”. La mayoría de los grandes hombres de Dios pueden testificar que sus ministerios son precisamente el balance de estos dos componentes del pasaje: DIOS ENVÍA y ellos deciden IR.

Algunos principios bíblicos que nos hablan del llamado de Dios para nuestras vidas:

En el tiempo de Dios, no en el nuestro:

Juan el Bautista es producto de un milagro.
Zacarías y Elizabeth estaban ya de edad avanzada para procrear. Sin embargo, Dios decide iniciar el ministerio de ellos como padres a pesar de la edad de ellos.
¡Era el tiempo perfecto!: Así Juan sería contemporáneo de Jesús y sería clave en preparar el camino al Señor y enderezar sus sendas.

Dios llama a personas comunes:

Mat 3:4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre.
Tal vez la apariencia de Juan el Bautista no era precisamente lo que hoy escogeríamos como copastor en una iglesia, pero Dios sí lo había escogido y eso era lo importante.
Cuántas veces hemos pecado menospreciando un llamado, un ministerio o una labor, creyendo que por las ropas finas y el esplendor puede venir alguna salvación. No estamos en contra de los sacos y las corbatas, pero sí tenemos claro que la unción y el poder de Dios pueden derramarse a través de vasos sencillos y hasta poco llamativos.
Lea a continuación esta traducción de Isaías 53:2-3 – un pasaje clásico del llamado de Jesús:
No había en él hermosura o majestad como para que nos fijáramos en él. No había en él nada atrayente como para que nos gustara. La gente lo despreció y hasta sus amigos lo abandonaron; era un hombre lleno de dolores y conocedor del sufrimiento. Y como alguien a quien otros evitan, lo despreciamos y no pensamos que fuera alguien importante”. (VPT)
En otras palabras, no nos dejemos impresionar por las apariencias y no busquemos ser populares, sólo busquemos ser obedientes a aquél que nos llamó. Es a Él a quien debemos agradar.

¿Dónde se desarrolla el llamado?

Mat 3:1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea Qué equivocados estamos ahora con la moda de predicar y desarrollar ministerio en grandes auditorios, llenos de fama y esplendor. El desierto también es un púlpito digno. Algunos hombres importantes y claves para el Reino de los cielos han perdido la visitación de Dios porque esperan predicar en palacios y cuando ven las señales que apuntan al desierto – en vez de obedecer – reprenden “al enemigo”.

Integridad hasta la muerte:

Juan, refiriéndose a Jesús dijo: ”Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”, y constató, sin ningún tipo de celos, el cumplimiento de su predicción (Jn 3:25-30).

Su ministerio fue muy breve, pero gozó de gran fruto. Hacia el final del año 31 d.C., fiel a su misión, reprochó a Herodes el tetrarca el adulterio en que vivía con la mujer de su hermano Felipe y fue encarcelado.
Deseoso de saber qué giro iba a tomar la obra de Jesús, Juan envió a dos de sus discípulos para inquirir de Jesús si Él era el Mesías prometido. Esto nos muestra que está bien tener dudas y preguntar a Dios. El Señor les respondió en relación a sus obras. Cuando los dos discípulos se volvían a Juan, Jesús elogió a Juan el Bautista (Mat 11:2-15).
Aunque no hizo ningún milagro fue el más grande de los profetas, en el sentido de que tuvo el privilegio de preparar al pueblo para la venida del Cristo y de revelarlo como tal.
Jn 10:41 Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.
No estamos en contra de las señales y prodigios, pero nuestro enfoque es obedecerle a Él. –
Mat 7:21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
A Juan el Bautista su llamado le costó la vida.

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¿Cómo conocer la voluntad de Dios para mi vida?:

  1. A través de la voz del Espíritu Santo (Hc.13). La profecía es para confirmación, no para guía. Somos guiados por el Espíritu Santo. Él nos indica “sí” o “no”. En Hc 16 vemos ejemplos de ambos casos: les impide ir a Bitinia y les permite ir a Tesalónica o A través de las Escrituras: leerlas, estudiarlas, meditar en pasajes, memorizar versículos.
  2. A través de padres (cuando eres hijo) o el cónyuge – si eres casado (a) – o A través de las circunstancias: Dios obra y habla a través de las situaciones. Cuando no podemos alcanzar aquello que anhelamos generalmente es un NO.
  3. A través del liderazgo o autoridad: estar sujetos a una autoridad que nos dé consejo, opinión, seguimiento, corrección y ánimo.
    Estos cinco componentes se entremezclan y – aunque no siempre estén alineados – su balance y promedio nos permiten conocer bastante bien la voluntad de Dios para nuestras vidas.

¿Qué pasa cuando no pasa nada?

Si la nube se mueve – uno se mueve / Si la nube se detiene – uno se detiene: algunos ministros caen en confusión y sorpresa porque “no sienten nada”, no ven luz ni dirección. Una muy buena posibilidad es que, como en el Antiguo
Testamento, la Nube de Gloria está detenida.
Algunas razones para que esto suceda es que Dios quiere que descansemos en Él, que meditemos en Él, que crezcamos en un área específica porque la siguiente etapa requiere de nosotros más fuerza, decisión y propósito.
Otra posible razón es que Él quiere que crezcamos en la certeza de que no es por obras, para que nadie se gloríe. Cuando de repente “no hacemos nada” nos vemos obligados a crecer en identidad de hijos y no de siervos.

La esencia de nuestro llamado es servirle al Señor en obediencia, siendo íntegros de corazón, hablando SUS palabras y no las nuestras. Así nos cueste la vida.

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