El sentido de la vida

¿Cuál es el sentido de la vida?

Los humanos somos las únicas criaturas terrestres que preguntamos por el sentido. Tres grandes preguntas nos preocupan: ¿De dónde vengo?, ¿Para qué vivo?, ¿Hacia dónde voy? Son muchos los que han intentado responder a estos interrogantes.

El filósofo alemán Hans Lenk enfatiza que no debemos esperar respuesta alguna de su especialidad: La filosofía raramente provee soluciones definitivas con respecto al contenido; tiene por campo de acción el estudio de los problemas, no el de los temas o el de los resultados. Para ella, en ciertas circunstancias es mucho más importante considerar un problema desde una nueva perspectiva, que solucionar parcialmente, una pregunta
ya planteada».

El poeta Hermann Hesse escribió: «La vida es sin sentido, cruel, tonta y a pesar de ello magnífica – no se burla
del hombre, pero no se ocupa del hombre más que de una lombriz». La escritora francesa existencialista y atea Simone de Beauvoir se pierde en la falta de sentido: «¿Cuál es, pues, el sentido de la vida, si es destruida radicalmente? ¿Para qué ha existido entonces? A fin de cuentas, todo es absurdo: la belleza de la vida, las obras humanas, todo. La vida misma es absurda».

Las ciencias como la psicología, la biología o la medicina tampoco pueden proporcionar respuestas satisfactorias, porque la pregunta sobre el sentido de la vida no es de su incumbencia.

Para muchos, el sentido de la vida consiste:
– en querer hacer el bien: muchos abrigan este pensamiento humanista, que no es específicamente cristiano. Aunque se encomienda también a los cristianos a hacer el bien (Gá 6:10, 2 Ts 3:13), las buenas obras no hacen por ello cristiano al que las practica.
– en adquirir prestigio: los deportistas aspiran a títulos mundiales o medallas de oro. Los artistas buscan la gloria sobre los escenarios de este mundo.
– en crear algo perdurable: algunos creen que se perpetúan a través de sus hijos o de la sociedad (por fundaciones asociadas a su nombre, por ejemplo). Otros desean eternizarse mediante poemas propios, memorias o diarios íntimos.

Pero debemos recordar que toda fama o gloria terrenal es pasajera. Después de nuestra muerte no obtendremos de ellos ninguna ventaja, porque allí a donde vamos «nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol» (Ec 9:6).

Si nuestra vida es creación de Dios, sólo tendrá sentido si la vivimos con Dios y si Él la dirige. El corazón humano – aunque poseyese toda la felicidad de este mundo – permanecería desasosegado, vacío e insatisfecho, si no halla el reposo en Dios. Por eso dejemos que Dios nos diga lo que nos da sentido.
Tres puntos pueden esbozarlo:

1. Dios fija como primera meta para nuestra vida la salvación
por la fe.

Sin la fe redentora en el Señor Jesucristo, estamos perdidos. Por eso Pablo le dijo al carcelero de Filipos: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hch 16:31). En este sentido, Dios «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2:4). Porque esta salvación del alma es lo más importante, lo primero que Jesús le dice al paralítico es: «Tus pecados te son perdonados» (Mt 9:2). Para Dios la salvación del alma tiene prioridad sobre la salud del cuerpo.

2. Una vez salvados debemos servir a Dios:

«Servid a Jehová con alegría» (Sal 100:2). Como seguidores de Jesús, nuestra vida debe aspirar a hacer también discípulos de Jesús a otros (Mt 28:19).

3. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

(Mt 22:39). Con este mandamiento de amar, Dios no sólo nos impone que amemos a aquellos que están lejos, en África del Sur o en Chile, sino en primer lugar que amemos a aquellos que nos han sido confiados: nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo. La Biblia da por sentado el hecho de que nos amamos a nosotros mismos; pero es preciso que este amor se extienda también al
prójimo.

La Biblia denomina fruto de nuestra vida a todo lo que hayamos realizado en la fe, mencionado bajo los puntos 2 y 3. Contrastando con todos los éxitos pasajeros, solo el fruto permanece (Jn 15:16). Dios le buscará al final de nuestra vida, y nos preguntará qué hemos hecho con los talentos que nos ha confiado (vida, tiempo, dinero, dones: Lc 19:11-27). Hasta el vaso de agua fría que hayamos dado en el nombre de Cristo, tendrá
un alcance eterno (Mt 10:42).

Así que ya sabes, cuando no le encuentre sentido a tu vida, tienes que ir a Dios, el Creado y Padre y encontrar en Él respuestas. No se trata solo de respirar se trata de vivir !

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